16 Avr 2009 - 21:32:12
La gran guía de la ciudad de Córdoba IIEn planta baja, y ubicada en lo que fue capilla del antiguo Hospital de la Caridad, la Sala IV se dedica al Arte barroco cordobés. En ella destaca como figura principal Antonio del Castillo Saavedra, con varios lienzos entre los que sobresalen el llamado Calvario de la Cárcel, El bautismo de San Francisco, La imposición de la casulla a San Ildefonso o Santa María Magdalena y Santa Catalina. Junto a él destacan las figuras de Juan Valdés Leal - del que se pueden ver una Sagrada Familia y su famosa Virgen de los plateros - y Juan de Alfaro y Gámez, con obras como el Retrato de Bernabé Ochoa de Chinchetruy El nacimiento de San Francisco. Otras figuras destacadas de las que también se muestra obra son Juan de Mesa, Juan Luis Zambrano, Fray Juan del Santísimo Sacramento y Antonio Vela Cobo.
La Sala V está dedicada a presentar el Arte cordobés de los siglos XVIII y XIX, pudiendo recorrerse una amplia secuencia que comienza en el Barroco dieciochesco y finaliza en el realismo de finales del siglo XIX. La Sala arranca mostrando obra de un seguidor de Antonio del Castillo y en especial de Antonio Palomino y Velasco, oriundo de Bujalance (Córdoba) y de tanta importancia para el arte español de su tiempo, del que destacan un Salvador y una Huída a Egipto. Le sigue en importancia José de Cobo y Guzmán, del que se admira un Ángel de la guarda y El nacimiento de San Pedro Nolasco, existiendo también obra de artistas como Pedro Duque Cornejo, Miguel de Verdiguier y Antonio Fernández de Castro.Respecto al siglo XIX destaca en especial el conjunto de obras de Rafael Romero Barros -Bodegón de naranjas, Chicos jugando a las cartas, Mora ensu jardín o Estanque de la Huerta de Morales-, y de sus principales discípulos, su propio hijo Rafael Romero de Torres -El albañil herido y Colón saliendo de la Mezquita- y Tomás Muñoz Lucena - Retrato de Rafael Romero Barros y Las gallinas - , pudiendo admirarse también obra de Diego Monroy, Ángel María de Barcia, José Garnelo Alda y François Antoine Bossuet - Vista de Córdoba -.El recorrido finaliza con la visita a la Sala VI, dedicada al Arte cordobés del siglo XX, en la que cobra un protagonismo especial la obra de Mateo Inurria Lainosa, escultor cordobés que llegaría a obtener un amplio reconocimiento y del que se muestra un completo recorrido por todas las etapas de una trayectoria en la que podrían destacar obras como Un náufrago, Séneca, Lagartijo, Ídolo eterno, Forma, La parra o Las tres edades de la mujer. Junto a él se exhiben esculturas de Manuel Garnelo, Rafael Orti y Equipo 57.Al lado de la escultura, la pintura cordobesa también muestra los principales hitos de una evolución que comienza con obra de primera época de Julio Romero de Torres -Mal de amores, Bendición Sánchez o Pereza andaluza- y finaliza con una selección de la corta trayectoria activa del Equipo 57. A lo largo del aproximadamente medio siglo que transcurre entre unas y otras, aparecen también ejemplos de otros artistas de nombre destacado, como Enrique Romero de Torres, Rafael García Guijo, Adolfo Lozano Sidro, Ángel Díaz Huertas, Rafael Botí, Pedro Bueno o Miguel del Moral.
Museo Julio Romero de Torres El edificio que alberga el Museo Julio Romero de Torres forma parte del que fue el antiguo Hospital de la Caridad patrocinado por los Reyes Católicos a finales del siglo XV y atendido por la orden franciscana.A partir de 1837, pasó a pertenecer a la Diputación Provincial de Córdoba y diversas instituciones culturales ocuparon su espacio; sede de la Real Academia, Comisión de Monumentos. Biblioteca y dependencias del Museo y Escuela Provincial de Bellas Artes.A la muerte de Julio Romero de Torres, ocurrida el 10 de mayo de 1930, su viuda e hijos donaron al pueblo de Córdoba (como depositario a su Ayuntamiento), los lienzos del artista que habían participado en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, para crear un Museo en su memoria. Sus fondos se nutrieron con donaciones y depósitos de particulares y con las obras y mobiliario del pintor en Madrid.Tras una importante reforma de adaptación del edificio, este Museo se inauguró el 23 noviembre de 1931 por el entonces Presidente de la II República Española D. Niceto Alcalá Zamora.Sala IJulio Romero participó de la corriente francesa del cartel como medio de comunicación publicitaria y realiza una serie de obras en las que se integra en la nueva tendencia.
En Córdoba pinta el de la Feria de Ganados de 1897 y Ferias y Fiestas de 1902 y los de la Feria de Nuestra Señora de la Salud de los años de 1905, 1912, 1913 y 1916. Las bodegas de Cruz-Conde le encargaron el anuncio de sus vinos y las populares etiquetas de Anís «La Cordobesa».En Madrid, el de la corrida patriótica de 1921 en beneficio de las víctimas del desastre de Annual y para la Unión Española de Explosivos de Riotinto, cuatro carteles calendarios de los años 1924, 1925, 1929 y el publicado en 1931.El museo conserva originales en lienzo en los que el artista ha sabido conjugar las influencias modernistas con los aires de su tierra, vitrinas conteniendo publicaciones, manuscritos y billetes dedicados al pintor, completan esta Sala vestíbulo del Museo.Sala IIEl escenario vital que rodeó al pintor está presente en esta sala dedicada a su recuerdo. Reproducciones fotográficas de sus padres y hermanos, de la casa familiar de Córdoba, del estudio del pintor en Madrid y de los éxitos obtenidos en 1922 en Argentina en la Galería Witcomb de Buenos Aires.Mobiliario que le acompañó toda su vida; bargueños, cerámica, utensilios de cobre que fueron motivos frecuentes en sus lienzos. Su guitarra, capa y sombrero se pueden admirar en vitrinas, la reproducción de su mano, paleta y pinceles y la emisión de sellos en homenaje a su figura, nos introducen en el mundo de este creador.Obras de sus comienzos representativas de los contenidos sociales que marcaron sus primeros pasos en la pintura; ¡Mira qué bonita era!, premiada con la Mención Honorífica en la Exposición Nacional de 1895 y Horas de Angustia, un dibujo de grandes dimensiones y la última obra inacabada que dejó el artista en el caballete, un retrato de María Teresa López con hábito de monja, nos ambientan en su escenario vivencial.La sala se completa con las caricaturas de Luis Bagaria y Alejandro Sawa, y los retratos póstumos que le hicieron sus grandes amigos, el escultor Alfonso del Rosal y el pintor Anselmo Miguel Nieto. Preside la sala la escultura de su padre, Rafael Romero Barros y la cabeza que Amadeo Ruiz Olmos realizó en su homenaje.
Sala IIIEsta Sala está dedicada a la mujer, reúne gran parte de los lienzos más emblemáticos de su trayectoria realizados en los últimos años de su vida; La Chiquita Piconera, testamento pictórico del pintor, Viva el pelo, La copla.En el conjunto predomina el desnudo femenino, protagonista de una serie de obras en las que el pintor despliega su imaginación para desarrollar argumentos basados en el principal soporte escénico de su producción: la mujer. En La Ribera, La nieta de la Trini, Ofrenda al arte torero, Naranjas y Limones y Contrariedad.
Los retratos de la actriz Marichu Begoña, representada como Diana cazadora con el galgo Pacheco, inseparable del pintor, y de la artista sevillana Conchita Triana; los estudios de expresión que le hizo a su última modelo en Córdoba, María Teresa López, en Bendición, La niña de la Jarra, Carmen, Ángeles y Mujer de Córdoba, unido al busto en bronce que sobre Julio Romero realizara en 1931 el escultor Mariano Benlliure completan la sala.Sala IVRomero de Torres fue esencialmente retratista; llevo a sus lienzos a personajes del mundo de la política, de la literatura, de la sociedad, realizando más de quinientas representaciones. Los ministros cordobeses, de Justicia y de la Guerra, Antonio Barroso y Castillo y Diego Muñoz-Cobos y Serrano, la diputada socialista Margarita Nelken, el escritor de Iznájar, Cristóbal de Castro y el poeta sevillano Joaquín Alcaide Zafra están presentes en el museo.Innumerables fueron los encargos que recibió de damas de la alta sociedad; Concepción Ruiz Frías, esposa del ministro Natalio Rivas Santiago, María Aguilar o la Condesa de Colomera, vestida de reina de los Juegos Florales de 1930, retrato inacabado de Magdalena Muñoz-Cobos.Elena Pardo, una de las modelos preferidas, es protagonista de dos estudios, Mari Luz y Marta, que forman parte del grupo que el pintor denominó Chiquitas buenasSala VLa obra mística de Julio Romero, simbiosis de religiosidad y paganismo, está reunida en esta sala en una serie de lienzos influidos por los pintores barrocos del siglo XVII, Antonio del Castillo y Valdés Leal.
Su particular interpretación de los pasajes evangélicos y bíblicos adquiere una profana sensualidad que da origen a sus personales interpretaciones de La Magdalena, Salomé o El Arcángel San Rafael.La Virgen de los Faroles fue un encargo del Ayuntamiento y durante años estuvo situada en un altar en el muro norte de la Mezquita-Catedral hasta que se trasladó al Museo por seguridad. Muerte de Santa Inés, lienzo adaptado a un frontal del altar con escenas en miniatura sobre la vida y el martirio de la Santa, de la que nunca quiso desprenderse al ser el cuadro predilecto de su madre.Cabeza de Santa, Samaritana y Amor Místico son exponentes de esta temática tan ajena a la producción del pintor.La sala acoge una de las obras cumbres, El poema de. Córdoba, políptico formado por siete lienzos en los que rinde homenaje a las sucesivas culturas de nuestra ciudad y que centra San Rafael, significando así su admiración por el Custodio de Córdoba.Sala VIContiene las grandes composiciones: Nuestra Señora de Andalucía; personificación del baile, del cante y del flamenco divinizados en la mujer andaluza. El Pecado y La Gracia, considerados como dos de los mejores desnudos de la pintura del siglo XX.
La gran afición que tenía el pintor por el flamenco lo impulsa a llevar a sus cuadros temas de este género: Alegrías, escena alegórica de baile captada de forma majestuosa y Cante Jondo, representación del cúmulo de símbolos que encierra, donde el amor, la pasión y la muerte se hacen realidad plástica.En Nocturno se refleja con maestría la cruda realidad de la marginalidad. Los sublimes retratos de Ysolina Gallego, mujer del pintor vasco Zubiaurre y de Socorro Miranda como Flor de Santidad. El enigma que encierra Ángeles y Fuensanta y La Sibila de la Alpujarra es parte de las múltiples temáticas que ofrece la pintura de Julio Romero de Torres.El siguiente punto de nuestro recorrido es otra de las grandes plazas de la capital bética, la Corredera, a la que llegamos por un laberinto de callejuelas que aunque puede resultarnos habitual no deja de sorprendemos. Antes de aterrizar en esta plaza, traspasamos otra de gran hermosura, pero hoy menospreciada al tratarse de un aparcamiento de coches.
La Corredera, es una plaza castellana, austera y barroca, es la gran sala de estar de la ciudad. 61 arcos la recorren y 360 balcones se asoman a su plaza rectangular. La plaza mayor de Córdoba adoptó su actual semblante en el año 1687, tras las obras del arquitecto salmantino Antonio Ramos de Valdés, que fueron auspiciadas por el corregidor Francisco Ronquillo Briceño. Hasta entonces este lugar había sido escenario de mercados callejeros y espectáculos públicos. Desde finales del siglo XVII, la plaza cerrada permitió la celebración de corridas de toros. De aquella época data el nombre de la calleja Toril, donde salían las reses bravas para su lidia. Pero no todo fueron celebraciones festivas, la Corredera fue también escenario por aquellos tiempos de autos de fe ordenados por la Santa Inquisición y de ejecuciones públicas en la horca y el garrote. Los peores recuerdos datan del periodo que va desde octubre de 1810 a septiembre de 1812, durante la invasión francesa, en la que 76 desdichados vecinos fueron condenados a muerte en este lugar. A su derecha, en una de las esquinas se alzan las casas de Doña Jacinta, construidas a mediados del siglo XVI y que con los años pasaron a pertenecer a Ana Jacinto de Ángulo. Las crónicas históricas recuerdan que doña Jacinta, como era conocida, se opuso al derribo de sus casas y que recurrió incluso al Rey Carlos II le dio la razón a través de una real cédula.
La plaza de la Corredera tiene dos grandes entradas. Se trata del arco Alto y del arco Bajo. Este desemboca en la Ermita del Socorro.Subiendo por el arco Alto, por la calle Espartería y pasando junto a una famosa taberna cordobesa, Salinas, llegamos a la calle Capitulares, donde se halla el Ayuntamiento de Córdoba (edificio del siglo XX del arquitecto José Rebollo Dicenta) y el siguiente lugar en el que nos detendremos, los restos de un Templo Romano del siglo I. Junto al Ayuntamiento de Córdoba se encuentra situado el único templo romano del que nos ha llegado evidencia arqueológica. Dedicado al culto imperial, asombra por sus grandes dimensiones. Formó parte del Foro Provincial junto con un circo. Originariamente estaba elevado sobre un podio y contaba con seis columnas exentas de tipo corintio en su entrada. Frente a ésta se levantaba el ara o altar. La reconstrucción, llevada a cabo por el arquitecto Félix Hernández, ha portado a Córdoba una muestra más de la grandiosidad de esta urbe en época romana. Algunas de las piezas originales del templo se encuentran expuestas en el Museo Arqueológico o en inusuales y bellos rincones de la ciudad, como la columna estriada de la plaza de la Doblas.
Dirigiéndonos a la calle Alfaros, en honor a cordobeses de este apellido e importancia en la ciudad y antigua calle Carnicerías, por los nemorosos establecimientos que se situaban en la misma, nos detenemos en la sede de la actual Consejería de Cultura, donde podemos comprobar los cimientos del antiguo anfiteatro romano, el más grande de la Hispania Romana y el segundo tras el de Roma. Allí murieron los Martires cordobeses.A la mitad de la calle Alfaros, paramos en la fuente de la Fuenseca De 1495 son los primeros datos conocidos referentes a esta fontana cordobesa. En origen fue una pequeña pileta con poco caudal, siendo remodelada en 1808. Su aspecto definitivo constaba de cuatro caños y un gran pilón en le que se acumulaba el agua fresca. El frontal, a modo de espadaña, se apoya sobre una construcción blanqueada, haciendo resaltar aún más el color de la piedra. El conjunto se anexionó cercano al bello mirador de la casa señorial perteneciente a la marquesa de la Mejorada.
Tras esta visita, avanzamos en dirección norte por la propia calle Alfaros hasta una de las estampas de mayor belleza de la ciudad, la Cuesta del Bailio.La Cuesta del Bailio fue históricamente una de las comunicaciones entre la ciudad alta (Medina o Villa) y la baja (Axerquía) que atravesaba la muralla de origen romano. Hasta 1711 hubo un Arco que dio nombre a esta zona (Arco o Portillo de Corbacho). La Cuesta del Bailío comienza en la Calle Carbonell y Morand discurriendo hasta la Calle Alfaros. Al fondo se divisa la Casa del Bailío, con bella fachada renacentista, nombrada así por el cargo que ostentaba su dueño y que da nombre a la cuesta, comunicando con la Plaza de Capuchinos y con el Cristo de los Faroles. La casa palaciega situada en la parte alta de la Cuesta, que fue de los Fernández de Córdoba, por una dignidad de esta familia (Bailío) dio nombre definitivo a esta casa. Dicha casa (portada de Hernán Ruiz II), es un buen ejemplo de la Arquitectura Cordobesa del siglo XVI al siglo XVIII.Junto a este palacio y por una estrecha calle nos adentramos a la plaza por excelencia de la ciudad, imagen de cientos de postales como referente de plaza con solera, se trata de la Plaza de Capuchinos.
La plaza de Capuchinos, con su blanca sobriedad, es el espejo de lo que era el alma cordobesa de otros tiempos. Se encuentra presidida por dos templos, la iglesia que da nombre a la plaza, cuyas obras comenzaron en 1638 bajo el mecenazgo del Marqués de Villaverde y la Iglesia del Hopistal de San Jacinto conocidas como de los Dolores, ciyas obras comenzaron e 1728, aunque el monumento más importante tanto del punto de vista sentimental como identitario para todos los cordobese es, sin lugar a dudas, el Cristo de piedra que aparece situado en uno de los laterales de la plaza, inspirado por la predicación del capuchino Fray Diego José de Cádiz que originariamente fue bautizado con el Cristo de los Desagravios y Misericordia, obra de Juan Naverro León, del año 1794, pero que la sabiduría popular pronto lo individualizó con el nombre con el que es mundialmente conocido “ El Cristo de los Faroles”. Durante la Semana Santa cordobesa esta plaza es anualmente el escenario del encuentro entre la Virgen de los Dolores, la Señora de Córdoba y el Cristo de la Clemencia, paso replica en plata del Cristo de los faroles.Mención especial merece la Virgen de los Dolores, al tratarse sin duda de la que mayor fervor goza entre los devotos cordobeses. La iglesia de los Dolores, situada en la plaza de Capuchinos data del siglo XVIII y forma parte del Hospital de San Jacinto, levantado en el siglo XVI. La sobria fachada principal se estructura mediante dos portadas, dando paso a un interior decorado con finas yeserías. Acoge una de las imágenes más veneradas de nuestra ciudad y un magnífico exponente de la imaginería barroca cordobesa, la Virgen de los Dolores, obra de Juan Prieto de 1718 que procesiona el Viernes Santo con más de seiscientos nazarenos y más de mil penitentes en su recorrido por las calles cordobesas.
Tras esta visita encaramos la parte final de nuestro recorrido. No obstante, dirigiéndonos de regreso al punto de encuentro, la puerta del Perdón de la Catedral, pasaremos por la Plaza de las Tendillas entre otros puntos de interés.Por la Calle Carbonell y Morand llegamos a la Plaza del Cardenal Toledo, que atravesamos hasta llegar a la calle Alfonso XIII donde visitaremos el edificio del antiguo casino y liceo artístico, actualmente conocido como el Círculo de la Amistad.Construido sobre el convento de Nuestra Señora de las Nieves se constituye, en 1850, como casino. Tres años más tarde aparece ya fundido con el Liceo Artístico y Literario.La portada principal, de estética neobarroca, es obra de principios del siglo XX, realizada por los arquitectos Rafael de la Hoz Saldaña y Enrique García Sanz. El magnífico interior se distribuye en distintas salas desde el recibidor, del que parte una majestuosa escalera. En ella cuelgan unos exquisitos lienzos de estética modernista realizados por el insigne pintor cordobés Julio Romero de Torres. Destacable son, asimismo, el lujoso salón Liceo, el mayor de España, obra de Juan Rodríguez Sánchez, y el patio principal, donde se ha conservado parte del claustro conventual.Las ilustres personalidades que han elegido este emplazamiento como lugar de estancia en sus visitas a Córdoba, ponen de manifiesto la importancia del mismo. Entre los notorios invitados se cuentan los soberanos Isabel II, Alfonso XII o Alfonso XIII. Actualmente sus salones son escenario de diversas celebraciones y actos culturales.Al finalizar la calle Alfonso XIII, llegamos a la Plaza de las Tendillas, centro neurálgico de la ciudad.
Su configuración actual data de los años veinte del pasado siglo. Tras sucesivas reformas se ha convertido en uno de los lugares preferidos de encuentro para cordobeses y visitantes. En el centro de la plaza, sobre la fuente principal, está situada la estatua ecuestre del Gran Capitán obra del escultor cordobés Mateo Inurria. Sobre esta hay una leyenda muy extendida en la ciudad que habla que la cabeza del jinete no corresponde a Don Gonzalo de Córdoba, sino que por su gran semejanza es el matador de toros cordobés Lagartijo.De esta Plaza salen varias calles representativas de la ciudad, José Cruz Conde, Morería y Conde Gondomar que nos dirigen hacia la zona comercial de la ciudad y concretamente a las cercanías del Boulevard del Gran Capitán. Claudio Marcelo que finaliza en el Paseo de la Ribera, y Hornachelos, Jesús María y Málaga que nos introducen de nuevo en el casco histórico.Nosotros tomamos Jesús María que desciende hasta la Catedral.
En esta pasamos por una zona comercial, donde destaca un gran cetro comercial y el antiguo Cine Góngora. Más adelante nos detenemos ante la Iglesia de Santa Ana y el Palacio de Carbonell. Anexo al museo VIMCORSA, antigua casa Carbonell, se levanta este convento, fundado por las Carmelitas Descalzas en el año 1589, aunque la iglesia se construyó hacia 1608 bajo el patrocinio del Marqués del Carpio. Ha sido restaurado recientemente tras el incendio de 1993, que destruyó algunos retablos y esculturas. La iglesia es un templo barroco con planta de cruz latina, que se cubre con bóveda de cañón y media naranja en el crucero. La portada presenta una hornacina que acoge el grupo escultórico de Santa Ana, la Virgen y el Niño.El retablo mayor, del círculo de los Sánchez de Rueda, se terminó en 1710. En el interior del recinto conventual hay que destacar el gran claustro, la escalera renacentista con el escudo del fundador y una logia que se comunica con el jardín trasero.La majestuosa casa Carbonell, lugar de nacimiento Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, escritor romántico.
Adquirida por la familia Carbonell a principios del siglo XX, la estética del lugar corresponde con la de los hoteles o palacetes de finales del siglo XIX. El bello patio de acceso se cierra mediante una hermosa verja con la fecha de 1881. La entrada al edificio se cubre con una marquesina de cristal y hierro de estilo modernista. Actualmente acoge la sede de la empresa municipal VIMCORSA, con amplias salas dedicadas a exposiciones temporales.Merece mucho la pena adentrarse por una callejuela que se abre junto a la iglesia, Alta de Santa Ana. Estrecha y sinuosa finaliza en la Plaza de Jerónimo Páez, donde se se encuentran guardadas las joyas arqueológicas de Córdoba en el Museo Arqueológico.
El Museo Arqueológico de Córdoba, como la mayoría de las instituciones museísticas españolas, ha discurrido por una larga trayectoria histórica hasta desembocar en su sede actual, enclavada en el Casco Histórico cordobés, declarado Patrimonio de la Humanidad.En 1844, las piezas arqueológicas procedentes de las desamortizaciones de los conventos cordobeses se reúnen y custodian en el Museo Provincial de Bellas Artes, formando la Colección de Antigüedades, más tarde, Sección de Antigüedades. El Museo de Bellas Artes sufrirá diversos traslados y con él la colección de piezas arqueológicas: la primera sede fue el Colegio de la Asunción; en 1849 se trasladó a la Diputación Provincial; y en 1861 pasa definitivamente al Hospital de la Caridad. El Museo Arqueológico Provincial de Córdoba se creó finalmente en1868, y a pesar de tener consideración de museo autónomo compartirá sede durante varios años con el Museo de Bellas Artes. La separación física entre ambas colecciones se produce en 1920, cuando el Arqueológico se instala en la plaza de San Juan. De aquí pasaría poco después a la casa mudéjar de la calle Velázquez Bosco (hoy calle Samuel de los Santos).
En esta etapa de transición, de 1921 a 1959, que culminará con el traslado a la sede definitiva, estarán al frente del museo Joaquín María de Navascués, Fernando Valls-Taberner y Blas Taracena –en el breve paréntesis de la Guerra Civil– y Samuel de los Santos. La larga y fructífera etapa de Samuel de los Santos al frente de la dirección se caracterizó por su impulso a la nueva sede, por el gran avance en la investigación, por su participación en numerosas excavaciones y por la realización de un nuevo inventario y catálogo.Bajo la dirección de Ana María Vicent Zaragoza, de 1959 a 1987, el museo se instaló en su actual sede, el Palacio de los Páez de Castillejo, produciéndose un incremento considerable de los fondos conservados, la creación del servicio de investigación de arqueología urbana, el nacimiento de la excelente biblioteca especializada en arqueología, y la edición de una revista científica, Corduba Archaeologica.
El Museo Arqueológico de Córdoba se convierte en uno de los más completos de España, siendo declarados su edificio y colecciones Monumento Histórico Artístico en 1962.El Palacio de los Páez de Castillejo es aún hoy sede del museo, pero desde hace años venía demandando una serie de reformas para adaptar sus instalaciones internas, sus servicios al público y sus espacios de exposición, a las necesidades de un museo de su importancia, según los criterios de una moderna museología. En la redacción del Programa Museológico de 1992, renovado parcialmente en 1998, se pusieron las bases que habían de regir la ampliación del museo. Paralelamente, se impulsaron los estudios arqueológicos en los solares anexos, lo que nos permitirá contar en el museo con un yacimiento en el que será posible documentar importantes estructuras de época romana, como el antiguo teatro de Colonia Patricia Corduba, pero también talleres artesanales tardorromanos y casas medievales andalusíes, que conectan históricamente con los restos de época medieval conservados dentro del palacio y con la gran construcción renacentista de Hernán Ruiz II.En 1998 se convocó un concurso internacional de ideas para la construcción de un edificio de nueva planta destinado a la ampliación del Museo, resultando vencedor el proyecto defendido por el equipo de arquitectura e ingeniería IDOM.
En una primera fase, se está construyendo un edificio de nueva planta donde se ubicarán los talleres, despachos y espacios de trabajo del museo, además de biblioteca, salón de actos, sala de exposiciones temporales, espacios de acceso y servicios para los visitantes, y tienda. Asimismo, en el sótano se podrán visitar los restos arqueológicos del que fue el mayor teatro de la Hispania romana. Una vez concluida esta obra comenzarán los trabajos de rehabilitación del Palacio de los Páez de Castillejo, que continuará albergando en el futuro la mayor parte de las salas destinadas a la exposición permanente, ampliando considerablemente el espacio disponible. Paralelamente, se trabajará en la puesta en valor de los restos arqueológicos del solar norte, donde se conservan trazas importantes de la reforma urbanística ideada en Córdoba durante los últimos años del siglo I a.C.Volviendo por la propia calle Alta de Santa Ana y descendiendo por la Calle Blanco Belmonte, vemos varias casas solariegas del casco histórico con sus majestuosos patios. Destaca la antigua Casa Palacio de los Fernández de Mesa. Originaria del siglo XVII, en el XX sufre una serie de remodelaciones para adaptarla a la Escuela Superior de Arte Dramático y Danza. Declarado Bien de Interés Cultural, las zonas más destacables responden a la fachada y los patios interiores. La primera se desarrolla en dos plantas adinteladas, rematado el balcón por un frontón curvo. El escudo de los Condes de las Quemadas se representa en esta portada de piedra. En el interior, las distintas dependencias se articulan en torno a dos patios porticados de gran belleza.Desde la Calle Céspedes, pintor, humanista y teórico del arte cordobés del siglo XVI, llegamos a la Puerta del Perdón donde finalizan nuestro recorrido.
La Sala V está dedicada a presentar el Arte cordobés de los siglos XVIII y XIX, pudiendo recorrerse una amplia secuencia que comienza en el Barroco dieciochesco y finaliza en el realismo de finales del siglo XIX. La Sala arranca mostrando obra de un seguidor de Antonio del Castillo y en especial de Antonio Palomino y Velasco, oriundo de Bujalance (Córdoba) y de tanta importancia para el arte español de su tiempo, del que destacan un Salvador y una Huída a Egipto. Le sigue en importancia José de Cobo y Guzmán, del que se admira un Ángel de la guarda y El nacimiento de San Pedro Nolasco, existiendo también obra de artistas como Pedro Duque Cornejo, Miguel de Verdiguier y Antonio Fernández de Castro.Respecto al siglo XIX destaca en especial el conjunto de obras de Rafael Romero Barros -Bodegón de naranjas, Chicos jugando a las cartas, Mora ensu jardín o Estanque de la Huerta de Morales-, y de sus principales discípulos, su propio hijo Rafael Romero de Torres -El albañil herido y Colón saliendo de la Mezquita- y Tomás Muñoz Lucena - Retrato de Rafael Romero Barros y Las gallinas - , pudiendo admirarse también obra de Diego Monroy, Ángel María de Barcia, José Garnelo Alda y François Antoine Bossuet - Vista de Córdoba -.El recorrido finaliza con la visita a la Sala VI, dedicada al Arte cordobés del siglo XX, en la que cobra un protagonismo especial la obra de Mateo Inurria Lainosa, escultor cordobés que llegaría a obtener un amplio reconocimiento y del que se muestra un completo recorrido por todas las etapas de una trayectoria en la que podrían destacar obras como Un náufrago, Séneca, Lagartijo, Ídolo eterno, Forma, La parra o Las tres edades de la mujer. Junto a él se exhiben esculturas de Manuel Garnelo, Rafael Orti y Equipo 57.Al lado de la escultura, la pintura cordobesa también muestra los principales hitos de una evolución que comienza con obra de primera época de Julio Romero de Torres -Mal de amores, Bendición Sánchez o Pereza andaluza- y finaliza con una selección de la corta trayectoria activa del Equipo 57. A lo largo del aproximadamente medio siglo que transcurre entre unas y otras, aparecen también ejemplos de otros artistas de nombre destacado, como Enrique Romero de Torres, Rafael García Guijo, Adolfo Lozano Sidro, Ángel Díaz Huertas, Rafael Botí, Pedro Bueno o Miguel del Moral.
Museo Julio Romero de Torres El edificio que alberga el Museo Julio Romero de Torres forma parte del que fue el antiguo Hospital de la Caridad patrocinado por los Reyes Católicos a finales del siglo XV y atendido por la orden franciscana.A partir de 1837, pasó a pertenecer a la Diputación Provincial de Córdoba y diversas instituciones culturales ocuparon su espacio; sede de la Real Academia, Comisión de Monumentos. Biblioteca y dependencias del Museo y Escuela Provincial de Bellas Artes.A la muerte de Julio Romero de Torres, ocurrida el 10 de mayo de 1930, su viuda e hijos donaron al pueblo de Córdoba (como depositario a su Ayuntamiento), los lienzos del artista que habían participado en la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, para crear un Museo en su memoria. Sus fondos se nutrieron con donaciones y depósitos de particulares y con las obras y mobiliario del pintor en Madrid.Tras una importante reforma de adaptación del edificio, este Museo se inauguró el 23 noviembre de 1931 por el entonces Presidente de la II República Española D. Niceto Alcalá Zamora.Sala IJulio Romero participó de la corriente francesa del cartel como medio de comunicación publicitaria y realiza una serie de obras en las que se integra en la nueva tendencia.
En Córdoba pinta el de la Feria de Ganados de 1897 y Ferias y Fiestas de 1902 y los de la Feria de Nuestra Señora de la Salud de los años de 1905, 1912, 1913 y 1916. Las bodegas de Cruz-Conde le encargaron el anuncio de sus vinos y las populares etiquetas de Anís «La Cordobesa».En Madrid, el de la corrida patriótica de 1921 en beneficio de las víctimas del desastre de Annual y para la Unión Española de Explosivos de Riotinto, cuatro carteles calendarios de los años 1924, 1925, 1929 y el publicado en 1931.El museo conserva originales en lienzo en los que el artista ha sabido conjugar las influencias modernistas con los aires de su tierra, vitrinas conteniendo publicaciones, manuscritos y billetes dedicados al pintor, completan esta Sala vestíbulo del Museo.Sala IIEl escenario vital que rodeó al pintor está presente en esta sala dedicada a su recuerdo. Reproducciones fotográficas de sus padres y hermanos, de la casa familiar de Córdoba, del estudio del pintor en Madrid y de los éxitos obtenidos en 1922 en Argentina en la Galería Witcomb de Buenos Aires.Mobiliario que le acompañó toda su vida; bargueños, cerámica, utensilios de cobre que fueron motivos frecuentes en sus lienzos. Su guitarra, capa y sombrero se pueden admirar en vitrinas, la reproducción de su mano, paleta y pinceles y la emisión de sellos en homenaje a su figura, nos introducen en el mundo de este creador.Obras de sus comienzos representativas de los contenidos sociales que marcaron sus primeros pasos en la pintura; ¡Mira qué bonita era!, premiada con la Mención Honorífica en la Exposición Nacional de 1895 y Horas de Angustia, un dibujo de grandes dimensiones y la última obra inacabada que dejó el artista en el caballete, un retrato de María Teresa López con hábito de monja, nos ambientan en su escenario vivencial.La sala se completa con las caricaturas de Luis Bagaria y Alejandro Sawa, y los retratos póstumos que le hicieron sus grandes amigos, el escultor Alfonso del Rosal y el pintor Anselmo Miguel Nieto. Preside la sala la escultura de su padre, Rafael Romero Barros y la cabeza que Amadeo Ruiz Olmos realizó en su homenaje.
Sala IIIEsta Sala está dedicada a la mujer, reúne gran parte de los lienzos más emblemáticos de su trayectoria realizados en los últimos años de su vida; La Chiquita Piconera, testamento pictórico del pintor, Viva el pelo, La copla.En el conjunto predomina el desnudo femenino, protagonista de una serie de obras en las que el pintor despliega su imaginación para desarrollar argumentos basados en el principal soporte escénico de su producción: la mujer. En La Ribera, La nieta de la Trini, Ofrenda al arte torero, Naranjas y Limones y Contrariedad.
Los retratos de la actriz Marichu Begoña, representada como Diana cazadora con el galgo Pacheco, inseparable del pintor, y de la artista sevillana Conchita Triana; los estudios de expresión que le hizo a su última modelo en Córdoba, María Teresa López, en Bendición, La niña de la Jarra, Carmen, Ángeles y Mujer de Córdoba, unido al busto en bronce que sobre Julio Romero realizara en 1931 el escultor Mariano Benlliure completan la sala.Sala IVRomero de Torres fue esencialmente retratista; llevo a sus lienzos a personajes del mundo de la política, de la literatura, de la sociedad, realizando más de quinientas representaciones. Los ministros cordobeses, de Justicia y de la Guerra, Antonio Barroso y Castillo y Diego Muñoz-Cobos y Serrano, la diputada socialista Margarita Nelken, el escritor de Iznájar, Cristóbal de Castro y el poeta sevillano Joaquín Alcaide Zafra están presentes en el museo.Innumerables fueron los encargos que recibió de damas de la alta sociedad; Concepción Ruiz Frías, esposa del ministro Natalio Rivas Santiago, María Aguilar o la Condesa de Colomera, vestida de reina de los Juegos Florales de 1930, retrato inacabado de Magdalena Muñoz-Cobos.Elena Pardo, una de las modelos preferidas, es protagonista de dos estudios, Mari Luz y Marta, que forman parte del grupo que el pintor denominó Chiquitas buenasSala VLa obra mística de Julio Romero, simbiosis de religiosidad y paganismo, está reunida en esta sala en una serie de lienzos influidos por los pintores barrocos del siglo XVII, Antonio del Castillo y Valdés Leal.
Su particular interpretación de los pasajes evangélicos y bíblicos adquiere una profana sensualidad que da origen a sus personales interpretaciones de La Magdalena, Salomé o El Arcángel San Rafael.La Virgen de los Faroles fue un encargo del Ayuntamiento y durante años estuvo situada en un altar en el muro norte de la Mezquita-Catedral hasta que se trasladó al Museo por seguridad. Muerte de Santa Inés, lienzo adaptado a un frontal del altar con escenas en miniatura sobre la vida y el martirio de la Santa, de la que nunca quiso desprenderse al ser el cuadro predilecto de su madre.Cabeza de Santa, Samaritana y Amor Místico son exponentes de esta temática tan ajena a la producción del pintor.La sala acoge una de las obras cumbres, El poema de. Córdoba, políptico formado por siete lienzos en los que rinde homenaje a las sucesivas culturas de nuestra ciudad y que centra San Rafael, significando así su admiración por el Custodio de Córdoba.Sala VIContiene las grandes composiciones: Nuestra Señora de Andalucía; personificación del baile, del cante y del flamenco divinizados en la mujer andaluza. El Pecado y La Gracia, considerados como dos de los mejores desnudos de la pintura del siglo XX.
La gran afición que tenía el pintor por el flamenco lo impulsa a llevar a sus cuadros temas de este género: Alegrías, escena alegórica de baile captada de forma majestuosa y Cante Jondo, representación del cúmulo de símbolos que encierra, donde el amor, la pasión y la muerte se hacen realidad plástica.En Nocturno se refleja con maestría la cruda realidad de la marginalidad. Los sublimes retratos de Ysolina Gallego, mujer del pintor vasco Zubiaurre y de Socorro Miranda como Flor de Santidad. El enigma que encierra Ángeles y Fuensanta y La Sibila de la Alpujarra es parte de las múltiples temáticas que ofrece la pintura de Julio Romero de Torres.El siguiente punto de nuestro recorrido es otra de las grandes plazas de la capital bética, la Corredera, a la que llegamos por un laberinto de callejuelas que aunque puede resultarnos habitual no deja de sorprendemos. Antes de aterrizar en esta plaza, traspasamos otra de gran hermosura, pero hoy menospreciada al tratarse de un aparcamiento de coches.
La Corredera, es una plaza castellana, austera y barroca, es la gran sala de estar de la ciudad. 61 arcos la recorren y 360 balcones se asoman a su plaza rectangular. La plaza mayor de Córdoba adoptó su actual semblante en el año 1687, tras las obras del arquitecto salmantino Antonio Ramos de Valdés, que fueron auspiciadas por el corregidor Francisco Ronquillo Briceño. Hasta entonces este lugar había sido escenario de mercados callejeros y espectáculos públicos. Desde finales del siglo XVII, la plaza cerrada permitió la celebración de corridas de toros. De aquella época data el nombre de la calleja Toril, donde salían las reses bravas para su lidia. Pero no todo fueron celebraciones festivas, la Corredera fue también escenario por aquellos tiempos de autos de fe ordenados por la Santa Inquisición y de ejecuciones públicas en la horca y el garrote. Los peores recuerdos datan del periodo que va desde octubre de 1810 a septiembre de 1812, durante la invasión francesa, en la que 76 desdichados vecinos fueron condenados a muerte en este lugar. A su derecha, en una de las esquinas se alzan las casas de Doña Jacinta, construidas a mediados del siglo XVI y que con los años pasaron a pertenecer a Ana Jacinto de Ángulo. Las crónicas históricas recuerdan que doña Jacinta, como era conocida, se opuso al derribo de sus casas y que recurrió incluso al Rey Carlos II le dio la razón a través de una real cédula.
La plaza de la Corredera tiene dos grandes entradas. Se trata del arco Alto y del arco Bajo. Este desemboca en la Ermita del Socorro.Subiendo por el arco Alto, por la calle Espartería y pasando junto a una famosa taberna cordobesa, Salinas, llegamos a la calle Capitulares, donde se halla el Ayuntamiento de Córdoba (edificio del siglo XX del arquitecto José Rebollo Dicenta) y el siguiente lugar en el que nos detendremos, los restos de un Templo Romano del siglo I. Junto al Ayuntamiento de Córdoba se encuentra situado el único templo romano del que nos ha llegado evidencia arqueológica. Dedicado al culto imperial, asombra por sus grandes dimensiones. Formó parte del Foro Provincial junto con un circo. Originariamente estaba elevado sobre un podio y contaba con seis columnas exentas de tipo corintio en su entrada. Frente a ésta se levantaba el ara o altar. La reconstrucción, llevada a cabo por el arquitecto Félix Hernández, ha portado a Córdoba una muestra más de la grandiosidad de esta urbe en época romana. Algunas de las piezas originales del templo se encuentran expuestas en el Museo Arqueológico o en inusuales y bellos rincones de la ciudad, como la columna estriada de la plaza de la Doblas.
Dirigiéndonos a la calle Alfaros, en honor a cordobeses de este apellido e importancia en la ciudad y antigua calle Carnicerías, por los nemorosos establecimientos que se situaban en la misma, nos detenemos en la sede de la actual Consejería de Cultura, donde podemos comprobar los cimientos del antiguo anfiteatro romano, el más grande de la Hispania Romana y el segundo tras el de Roma. Allí murieron los Martires cordobeses.A la mitad de la calle Alfaros, paramos en la fuente de la Fuenseca De 1495 son los primeros datos conocidos referentes a esta fontana cordobesa. En origen fue una pequeña pileta con poco caudal, siendo remodelada en 1808. Su aspecto definitivo constaba de cuatro caños y un gran pilón en le que se acumulaba el agua fresca. El frontal, a modo de espadaña, se apoya sobre una construcción blanqueada, haciendo resaltar aún más el color de la piedra. El conjunto se anexionó cercano al bello mirador de la casa señorial perteneciente a la marquesa de la Mejorada.
Tras esta visita, avanzamos en dirección norte por la propia calle Alfaros hasta una de las estampas de mayor belleza de la ciudad, la Cuesta del Bailio.La Cuesta del Bailio fue históricamente una de las comunicaciones entre la ciudad alta (Medina o Villa) y la baja (Axerquía) que atravesaba la muralla de origen romano. Hasta 1711 hubo un Arco que dio nombre a esta zona (Arco o Portillo de Corbacho). La Cuesta del Bailío comienza en la Calle Carbonell y Morand discurriendo hasta la Calle Alfaros. Al fondo se divisa la Casa del Bailío, con bella fachada renacentista, nombrada así por el cargo que ostentaba su dueño y que da nombre a la cuesta, comunicando con la Plaza de Capuchinos y con el Cristo de los Faroles. La casa palaciega situada en la parte alta de la Cuesta, que fue de los Fernández de Córdoba, por una dignidad de esta familia (Bailío) dio nombre definitivo a esta casa. Dicha casa (portada de Hernán Ruiz II), es un buen ejemplo de la Arquitectura Cordobesa del siglo XVI al siglo XVIII.Junto a este palacio y por una estrecha calle nos adentramos a la plaza por excelencia de la ciudad, imagen de cientos de postales como referente de plaza con solera, se trata de la Plaza de Capuchinos.
La plaza de Capuchinos, con su blanca sobriedad, es el espejo de lo que era el alma cordobesa de otros tiempos. Se encuentra presidida por dos templos, la iglesia que da nombre a la plaza, cuyas obras comenzaron en 1638 bajo el mecenazgo del Marqués de Villaverde y la Iglesia del Hopistal de San Jacinto conocidas como de los Dolores, ciyas obras comenzaron e 1728, aunque el monumento más importante tanto del punto de vista sentimental como identitario para todos los cordobese es, sin lugar a dudas, el Cristo de piedra que aparece situado en uno de los laterales de la plaza, inspirado por la predicación del capuchino Fray Diego José de Cádiz que originariamente fue bautizado con el Cristo de los Desagravios y Misericordia, obra de Juan Naverro León, del año 1794, pero que la sabiduría popular pronto lo individualizó con el nombre con el que es mundialmente conocido “ El Cristo de los Faroles”. Durante la Semana Santa cordobesa esta plaza es anualmente el escenario del encuentro entre la Virgen de los Dolores, la Señora de Córdoba y el Cristo de la Clemencia, paso replica en plata del Cristo de los faroles.Mención especial merece la Virgen de los Dolores, al tratarse sin duda de la que mayor fervor goza entre los devotos cordobeses. La iglesia de los Dolores, situada en la plaza de Capuchinos data del siglo XVIII y forma parte del Hospital de San Jacinto, levantado en el siglo XVI. La sobria fachada principal se estructura mediante dos portadas, dando paso a un interior decorado con finas yeserías. Acoge una de las imágenes más veneradas de nuestra ciudad y un magnífico exponente de la imaginería barroca cordobesa, la Virgen de los Dolores, obra de Juan Prieto de 1718 que procesiona el Viernes Santo con más de seiscientos nazarenos y más de mil penitentes en su recorrido por las calles cordobesas.
Tras esta visita encaramos la parte final de nuestro recorrido. No obstante, dirigiéndonos de regreso al punto de encuentro, la puerta del Perdón de la Catedral, pasaremos por la Plaza de las Tendillas entre otros puntos de interés.Por la Calle Carbonell y Morand llegamos a la Plaza del Cardenal Toledo, que atravesamos hasta llegar a la calle Alfonso XIII donde visitaremos el edificio del antiguo casino y liceo artístico, actualmente conocido como el Círculo de la Amistad.Construido sobre el convento de Nuestra Señora de las Nieves se constituye, en 1850, como casino. Tres años más tarde aparece ya fundido con el Liceo Artístico y Literario.La portada principal, de estética neobarroca, es obra de principios del siglo XX, realizada por los arquitectos Rafael de la Hoz Saldaña y Enrique García Sanz. El magnífico interior se distribuye en distintas salas desde el recibidor, del que parte una majestuosa escalera. En ella cuelgan unos exquisitos lienzos de estética modernista realizados por el insigne pintor cordobés Julio Romero de Torres. Destacable son, asimismo, el lujoso salón Liceo, el mayor de España, obra de Juan Rodríguez Sánchez, y el patio principal, donde se ha conservado parte del claustro conventual.Las ilustres personalidades que han elegido este emplazamiento como lugar de estancia en sus visitas a Córdoba, ponen de manifiesto la importancia del mismo. Entre los notorios invitados se cuentan los soberanos Isabel II, Alfonso XII o Alfonso XIII. Actualmente sus salones son escenario de diversas celebraciones y actos culturales.Al finalizar la calle Alfonso XIII, llegamos a la Plaza de las Tendillas, centro neurálgico de la ciudad.
Su configuración actual data de los años veinte del pasado siglo. Tras sucesivas reformas se ha convertido en uno de los lugares preferidos de encuentro para cordobeses y visitantes. En el centro de la plaza, sobre la fuente principal, está situada la estatua ecuestre del Gran Capitán obra del escultor cordobés Mateo Inurria. Sobre esta hay una leyenda muy extendida en la ciudad que habla que la cabeza del jinete no corresponde a Don Gonzalo de Córdoba, sino que por su gran semejanza es el matador de toros cordobés Lagartijo.De esta Plaza salen varias calles representativas de la ciudad, José Cruz Conde, Morería y Conde Gondomar que nos dirigen hacia la zona comercial de la ciudad y concretamente a las cercanías del Boulevard del Gran Capitán. Claudio Marcelo que finaliza en el Paseo de la Ribera, y Hornachelos, Jesús María y Málaga que nos introducen de nuevo en el casco histórico.Nosotros tomamos Jesús María que desciende hasta la Catedral.
En esta pasamos por una zona comercial, donde destaca un gran cetro comercial y el antiguo Cine Góngora. Más adelante nos detenemos ante la Iglesia de Santa Ana y el Palacio de Carbonell. Anexo al museo VIMCORSA, antigua casa Carbonell, se levanta este convento, fundado por las Carmelitas Descalzas en el año 1589, aunque la iglesia se construyó hacia 1608 bajo el patrocinio del Marqués del Carpio. Ha sido restaurado recientemente tras el incendio de 1993, que destruyó algunos retablos y esculturas. La iglesia es un templo barroco con planta de cruz latina, que se cubre con bóveda de cañón y media naranja en el crucero. La portada presenta una hornacina que acoge el grupo escultórico de Santa Ana, la Virgen y el Niño.El retablo mayor, del círculo de los Sánchez de Rueda, se terminó en 1710. En el interior del recinto conventual hay que destacar el gran claustro, la escalera renacentista con el escudo del fundador y una logia que se comunica con el jardín trasero.La majestuosa casa Carbonell, lugar de nacimiento Ángel de Saavedra, Duque de Rivas, escritor romántico.
Adquirida por la familia Carbonell a principios del siglo XX, la estética del lugar corresponde con la de los hoteles o palacetes de finales del siglo XIX. El bello patio de acceso se cierra mediante una hermosa verja con la fecha de 1881. La entrada al edificio se cubre con una marquesina de cristal y hierro de estilo modernista. Actualmente acoge la sede de la empresa municipal VIMCORSA, con amplias salas dedicadas a exposiciones temporales.Merece mucho la pena adentrarse por una callejuela que se abre junto a la iglesia, Alta de Santa Ana. Estrecha y sinuosa finaliza en la Plaza de Jerónimo Páez, donde se se encuentran guardadas las joyas arqueológicas de Córdoba en el Museo Arqueológico.
El Museo Arqueológico de Córdoba, como la mayoría de las instituciones museísticas españolas, ha discurrido por una larga trayectoria histórica hasta desembocar en su sede actual, enclavada en el Casco Histórico cordobés, declarado Patrimonio de la Humanidad.En 1844, las piezas arqueológicas procedentes de las desamortizaciones de los conventos cordobeses se reúnen y custodian en el Museo Provincial de Bellas Artes, formando la Colección de Antigüedades, más tarde, Sección de Antigüedades. El Museo de Bellas Artes sufrirá diversos traslados y con él la colección de piezas arqueológicas: la primera sede fue el Colegio de la Asunción; en 1849 se trasladó a la Diputación Provincial; y en 1861 pasa definitivamente al Hospital de la Caridad. El Museo Arqueológico Provincial de Córdoba se creó finalmente en1868, y a pesar de tener consideración de museo autónomo compartirá sede durante varios años con el Museo de Bellas Artes. La separación física entre ambas colecciones se produce en 1920, cuando el Arqueológico se instala en la plaza de San Juan. De aquí pasaría poco después a la casa mudéjar de la calle Velázquez Bosco (hoy calle Samuel de los Santos).
En esta etapa de transición, de 1921 a 1959, que culminará con el traslado a la sede definitiva, estarán al frente del museo Joaquín María de Navascués, Fernando Valls-Taberner y Blas Taracena –en el breve paréntesis de la Guerra Civil– y Samuel de los Santos. La larga y fructífera etapa de Samuel de los Santos al frente de la dirección se caracterizó por su impulso a la nueva sede, por el gran avance en la investigación, por su participación en numerosas excavaciones y por la realización de un nuevo inventario y catálogo.Bajo la dirección de Ana María Vicent Zaragoza, de 1959 a 1987, el museo se instaló en su actual sede, el Palacio de los Páez de Castillejo, produciéndose un incremento considerable de los fondos conservados, la creación del servicio de investigación de arqueología urbana, el nacimiento de la excelente biblioteca especializada en arqueología, y la edición de una revista científica, Corduba Archaeologica.
El Museo Arqueológico de Córdoba se convierte en uno de los más completos de España, siendo declarados su edificio y colecciones Monumento Histórico Artístico en 1962.El Palacio de los Páez de Castillejo es aún hoy sede del museo, pero desde hace años venía demandando una serie de reformas para adaptar sus instalaciones internas, sus servicios al público y sus espacios de exposición, a las necesidades de un museo de su importancia, según los criterios de una moderna museología. En la redacción del Programa Museológico de 1992, renovado parcialmente en 1998, se pusieron las bases que habían de regir la ampliación del museo. Paralelamente, se impulsaron los estudios arqueológicos en los solares anexos, lo que nos permitirá contar en el museo con un yacimiento en el que será posible documentar importantes estructuras de época romana, como el antiguo teatro de Colonia Patricia Corduba, pero también talleres artesanales tardorromanos y casas medievales andalusíes, que conectan históricamente con los restos de época medieval conservados dentro del palacio y con la gran construcción renacentista de Hernán Ruiz II.En 1998 se convocó un concurso internacional de ideas para la construcción de un edificio de nueva planta destinado a la ampliación del Museo, resultando vencedor el proyecto defendido por el equipo de arquitectura e ingeniería IDOM.
En una primera fase, se está construyendo un edificio de nueva planta donde se ubicarán los talleres, despachos y espacios de trabajo del museo, además de biblioteca, salón de actos, sala de exposiciones temporales, espacios de acceso y servicios para los visitantes, y tienda. Asimismo, en el sótano se podrán visitar los restos arqueológicos del que fue el mayor teatro de la Hispania romana. Una vez concluida esta obra comenzarán los trabajos de rehabilitación del Palacio de los Páez de Castillejo, que continuará albergando en el futuro la mayor parte de las salas destinadas a la exposición permanente, ampliando considerablemente el espacio disponible. Paralelamente, se trabajará en la puesta en valor de los restos arqueológicos del solar norte, donde se conservan trazas importantes de la reforma urbanística ideada en Córdoba durante los últimos años del siglo I a.C.Volviendo por la propia calle Alta de Santa Ana y descendiendo por la Calle Blanco Belmonte, vemos varias casas solariegas del casco histórico con sus majestuosos patios. Destaca la antigua Casa Palacio de los Fernández de Mesa. Originaria del siglo XVII, en el XX sufre una serie de remodelaciones para adaptarla a la Escuela Superior de Arte Dramático y Danza. Declarado Bien de Interés Cultural, las zonas más destacables responden a la fachada y los patios interiores. La primera se desarrolla en dos plantas adinteladas, rematado el balcón por un frontón curvo. El escudo de los Condes de las Quemadas se representa en esta portada de piedra. En el interior, las distintas dependencias se articulan en torno a dos patios porticados de gran belleza.Desde la Calle Céspedes, pintor, humanista y teórico del arte cordobés del siglo XVI, llegamos a la Puerta del Perdón donde finalizan nuestro recorrido.
Sindicación
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